Wednesday, September 20, 2006

Visión artística del espectáculo

La puesta en escena

El planteo de la puesta se condensa en un espacio escénico circular, estableciéndose también el espacio del público del mismo modo; son los espectadores quienes abrazan, rodean esta “casa de las Alba”. Así queda instaurado uno de los conflictos isotópicos del texto dramático: el adentro versus el afuera.
En el adentro de la casa de Bernarda se encierran y/o se ocultan las pasiones, se acalla el deseo que, inevitablemente, quiere echarse a correr por las calles o saciarse a la orilla del mar.
Es el afuera –en la puesta, el espacio de la recepción– el que ve, espía lo que en esta casa sucede; allí se sella un “deber ser” dictado por la tradición socio-cultural; el afuera es también donde la vida sucede y despierta el deseo: allí conviven por ejemplo, Pepe el romano, los hombres de la cosecha y la fatal “caza” de la hija de la Librada. La coexistencia de los pares vida-muerte, deseo-represión que se instala en el pueblo –el público– encuentra su correlato metonímico en la casa de las Alba, en el juego de opositores actanciales Adela y Josefa vs. Bernarda y Martirio.
Uno de los ejes centrales de investigación de este proyecto gira sobre el abordaje del conflicto desde una búsqueda actoral que diste de la construcción de personajes monolíticos y extremos. Una Bernarda presa de aquellos mandatos sociales y que aún puede registrar en su cuerpo la memoria de la pasión y una Adela que en la satisfacción de su deseo, transita también el camino de la culpa. Y en el devenir entre una y otra, las hermanas y Poncia. Finalmente, la puesta en acción de una abuela, Josefa, omnipresente e invisible para quienes no la quieren ver. En el planteo de texto espectacular que hacemos, este personaje vive su confinamiento -y lo hace signo- a través de un eterno deambular dentro del círculo del encierro.

El planteo espacial apuesta a un ámbito vacío y restringido en sus dimensiones –un círculo de 3,50 mts. de diámetro–, cuyo perímetro está delimitado por una línea de sal. Desde el planteo de la puesta, ésta figura remite al espacio primitivo de representación (el rito y el acto de sacrificio), al eterno devenir del destino (en palabras del personaje de Martirio: “…Pero las cosas se repiten. Y veo que todo es una terrible repetición. Y ella tiene el mismo sino de su madre y de su abuela…”) y del fluir constante del agua, a la circularidad de una perla y del anillo de compromiso; del pozo de agua, de la luna, la rueda y la madeja – lexemas reiterados en el corpus lírico-dramático de García Lorca-, a la constante recurrencia en la poesía lorquiana de vocales abiertas o fuertes, creándose un tejido rítmico-fonético que nos remite a la continuidad, a lo circular, al ciclo vital de las generaciones que se suceden unas a otras, al movimiento sideral de la tierra y los astros, en donde el hombre sigue la marca de su sino.
El uso de la sal apela a la metáfora escénica de la provocación al deseo (la sed, la necesidad instintiva de llegar al agua), la sal del mar y conjuntamente de la aridez de los desiertos; la sal que provoca ardor en las heridas, la blancura de las paredes de la casa, de las pieles vírgenes, del resplandor lunar y del presagio funesto:

Amelia: Ya has derramado la sal.
Magdalena: Peor suerte que la que tienes no vas a tener.
Amelia: Siempre trae mala sombra.

Dentro de este espacio despojado, sólo un dispositivo escénico gana protagonismo: un prisma hueco de madera que hace las veces de rústico banco y que pertenece exclusivamente al personaje de Bernarda.
Por fuera del espacio, circunvalándolo y como signo de lo deseado –línea de sal mediante–, variados recipientes de cristal con agua, a los cuales los personajes tratan de acceder en el transcurso del relato.

El modo de trabajo

La puesta en acción del texto dramático se desarrolla en un espacio vacío, apostando a la austeridad en cuanto a dispositivos escénicos y/o utilería respecta.
Definiéndolo desde un marco conceptual -y citando a Patrice Pavis para ello- se señalaría que el espacio transita un devenir entre el espacio de la tragedia clásica (neutro, que no caracteriza el medio ambiente) y el simbolista (desmaterializado, estilización en un universo subjetivo, síntesis de artes escénicas).
Así, la propuesta pone su acento en el trabajo actoral en sí mismo, en el actor y su vínculo con lo espacial y en valorizar la palabra lorquiana. Actor (cuerpo, voz, emoción), espacio y palabra son los pilares de esta puesta y disparadores de acción dramática. En función de esos paradigmas se construye la investigación escénica y actoral que conlleva ésta, nuestra casa de Bernarda Alba.

1 Pavis, P. Diccionario del Teatro, Paidós, Barcelona 1998.

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