Tuesday, October 31, 2006

DIRECTOR Y ADAPTADOR OSADO AUNQUE RESPETUOSO DEL ORIGINAL

Buenos Aires, 30 de octubre (Télam, por Héctor Puyo).- La obra "La casa Alba, o la otra orilla del mar", versión libre de "La
casa de Bernarda Alba", de Federico García Lorca, marca el ingreso en la escena porteña del muy interesante adaptador y director santafecino Edgardo Dib, y se puede apreciar en La Manufactura Papelera (Bolívar 1582), los miércoles a las 21.
El espectáculo se hace atractivo desde el vamos, cuando el espectador es guiado a una planta alta desde donde se observa a
las siete actrices de la familia -abuela, madre, hijas- mientras La Poncia (Marta Montero) le informa sobre lo que se va a ver.
El recurso es interesante, porque Dib transforma a la emblemática criada en cronista privilegiada y le da un protagonismo tangencial, del mismo modo que moldea de forma no tradicional a la abuela (Liana Müller) con evidente pericia.
Luego del prólogo, el público accede a la sala propiamente dicha, en la que los asientos bordean una escueta circunferencia
de sal, de poco más de dos metros de diámetro, en que los personajes dirimen su historia. Hay alrededor numerosos recipientes de vidrio con agua, de evidente simbología, y allí las actrices -salvo una excepción- permanecen durante toda la representación, creando microespacios para las acciones, en una concepción casi coreográfica. El ámbito de La Manufactura es de por sí muy atractivo como escenario no convencional y Dib lo usa con encanto, el mismo que puso en una versión del "Tío Vania" chejoviano estrenado en Rosario en 2004 y visto en Río Negro durante la Fiesta Nacional del Teatro, en marzo de 2005. En aquella oportunidad, los actores deambulaban entre pequeños agrupamientos de espectadores, y aquí están casi en sus narices, porque lo que interesa en crear una intimidad entre oficiantes y el público imposible en una sala tradicional. El tema de "La casa Alba" es por supuesto el del original de Lorca sobre la presencia de la muerte, la represión y el deseo en una casa de mujeres solas en los pueblos blancos españoles, que abre con una muerte (natural) y cierra con otra (voluntaria). Dib se apropia de un grupo de actrices de pareja ductilidad, en el que Stella Brandolín debe luchar por imponer su autoridad como la viuda Bernarda, porque sus hijas no son todo lo mansas que se espera y La Poncia es un contrapeso difícil. Una de las mayores virtudes de la adaptación es el respeto al lenguaje del granadino, con esas poéticas metáforas que le afloran como cascadas y que, sobre todo Montero, desgrana con un fraseo ejemplar.
La puesta de Dib, que contiene una iluminación de Leandra Rodríguez de impensables reflejos, tiene la particularidad de mantener al espectador -aun aquel desconocedor del texto original- en un creciente estado de seducción. Esa presencia tanática del padre muerto, del amo muerto al que Lorca denuncia en su violencia contra la mujer en una España que parece no haber cambiado tanto, se equilibra con el deseo de las hijas por Pepe el Romano, personaje elusivo. No hay aquí un desnudo a contrapelo, como el tan discutido de una versión vista en el San Martín en 2003, sino otro, bello y funcional, que da cuenta de lo que hay que saber de puesta teatral para lograr un remate impactante. (Télam).-

Hector Puyo

10/30/106 18-52

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