Tuesday, October 24, 2006

“La Casa Alba”. El universo Lorquiano se aposenta en San Telmo


La casa (de Bernarda) Alba fue escrita por Federico García Lorca en la primavera de 1936, al parecer en pocos días, en la casa de verano de su familia en Granada. Fue la última obra de Lorca, ya que poco después sobrevino su asesinato a manos del ejército franquista. La génesis de la obra tuvo su punto de partida en figuras reales: una tal Frasquita Alba y sus hijas, cuya casa era colindante de la que tenían los Lorca en Valderrubio.
Tras la muerte de su segundo marido, Bernarda Alba impone a sus cinco hijas, como luto, una larga y rigurosa reclusión. Se trata de la exageración de una costumbre real, de una tradición llevada a extremos increíbles. Pero esa misma exageración, ese exceso sitúa la obra en el plano de lo legendario, de lo simbólico, del mito.
En esa situación límite los conflictos, las fuerzas, las pasiones se agrandarán, se desarrollarán hasta la exasperación. Catalizador de las fuerzas encerradas en la casa será la figura de Pepe el Romano, pretendiente o novio de Angustias, hija mayor y heredera, pero atraído por la juventud y belleza de Adela, la menor, y amado, a su vez, por Martirio, otra de las hijas de Bernarda.
Tal es la situación de la que arranca Lorca para dar cuerpo dramático a su temática más personal y profunda. Se ha dicho que el tema central de la obra es el enfrentamiento entre autoridad y libertad o el conflicto entre la realidad y el deseo. Frente al autoritarismo y la represión representada por Bernarda Alba, las hijas encarnarán una gama de actitudes que van de la más pasiva sumisión, frustrante, a la rebeldía más abierta, imposible.
La acción se desarrolla en la casa de Bernarda Alba, un espacio cerrado que transmite una atmósfera sofocante. Es el mundo del luto, del silencio, de la ocultación, en fin, un espacio propicio para situaciones límite. El pueblo en el que tiene lugar la acción es considerado como un mal pueblo por tener pozos en lugar de río. En este caso el río simboliza la fuerza vital, el erotismo, mientras el pozo indica claramente la muerte.
La obra se puede estructurar en tres actos si atendemos a su estructura externa. Se aprecian tres partes distintas en la obra. Primero aparece una exposición de la situación, una localización espacio-temporal y una presentación de los personajes. Se dice que ha muerto el señor Alba y que Bernarda va a imponer el luto en su familia. En la segunda parte, el desarrollo, se anuncia la boda de Angustias con Pepe el Romano y a partir de este momento la tensión va en aumento. Se muestran las envidias y amores de las demás hermanas, aparece el misterio de las ventanas y de los encuentros nocturnos. El momento cumbre es cuando se desvela que Adela y Pepe habían mantenido una relación. La última parte, el desenlace, tiene un final trágico, el suicidio de Adela al creer ésta que su madre ha matado a su amado Pepe.
Hasta aquí Lorca y la información necesaria para el espectador. Cuando éste se adentre en el espectáculo, invitado a ser parte del mismo por la Poncia, único personaje ajeno a la familia pero que en su condición de sirvienta de muchos años es cómplice de quien asiste al desarrollo de la obra, se encontrará con ese universo lorquiano al que hacíamos referencia. En mérito a una puesta que hubiera conmovido al propio Federico, Edgardo Dib desarrolla el drama en un círculo de poco menos de 4 metros de diámetro, en el que mágicamente se mueven las ocho mujeres que participan del mismo. Y los tres actos se resumen en una continuidad de luces y sombras, de no estar sin salir de escena, del tránsito de quietas confidencias a convulsas situaciones en las que el drama se manifiesta en toda su intensidad. A poco de iniciada la acción, ese círculo de sal que limita la escena se esfuma y el espectador “verá” el patio, las habitaciones, la sala mortuoria, el establo y hasta el entorno pueblerino. Tal la convicción que director y actrices imponen al espectador, que rápidamente se siente partícipe inmóvil de ese drama que se desarrolla frente a sus ojos, como si fuese uno más de ese pueblo sin río. Y cuando llega el desgarrador final el espectador no sabrá si ha dejado de serlo, tan posesiva resulta la puesta, que cuenta con una actuación soberbia de ocho actrices que todo lo hacen bien: convincentes cuando actúan y aún cuando no lo hacen, porque su no presencia virtual también juega en la puesta, que se va desarrollando como un mágico carrusel en el que ningún movimiento es gratuito; por el contrario, resulta admirable el maravilloso sincronismo que permite que las intérpretes estén todo el tiempo en escena, ocupando en cada momento el lugar exacto y utilizando el discurso convincente que hace de esta versión de La Casa de Bernarda Alba una pieza para el recuerdo. San Telmo, agradecido.

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